8 sept. 2012

Mirar y perder.


Era de cientos la única con su destino escrito en la pupila. Si es que se dejaba desenvolver los párpados, las nubes apenas eran el antifaz del cielo.

Llevaba demasiado tiempo tratando de perderse entre el vodka y su infierno. De esos hechos sin resolver que no daban tiempo a discernir, ni tan siquiera entre huir o permanecer, vivía ella cada vez más.

A tientas y a mordientes, perdiendo norte, sur y el celeste siempre ceñido a sus ojos deseados.

Puede y pudo acabar, mientras tanto, su cristalina catarsis.

Se soltaran los clavos del lago que acuna su desorientación bajo las olas de la experiencia, que sí trató de rebobinar el empeño en aquella lejana compostura, ahora nada envidian ni añoran sus pupilas.

De entre todas las de este mundo y cualquier otro habido y por haber, sus pupilas son las únicas capaces de destrozar la desvergüenza de mi iris.