26 jun. 2016

6/10

Algún día, hasta que vas con unos meses de vida en el bolsillo.

Espoleas el cigarro sobre el cenicero torpemente, haciendo notar que apenas te has llevado a los labios antes esa sensación. Huyen por la ventana las esperanzas de redimir la culpa y las luchas perdidas. Tembloroso garabateas en el diario, porque siempre fuiste más de dar estilo a la escritura que de fluidez a la narración. De esa gente que no dice nada cuando escribe, de una forma absolutamente lamentable.

Pensando que si una noche duele, siempre quedará la mañana. Hasta que se agotan y no hay previsiones de reposición. Sea entonces cuando disfrutas cada melancólico e inservible rayo de sol. Sea que fueran eternos los poemas y delirios adolescentes que aborreces, en lugar de prematura ceniza.

Es un escalón descendido cada silencio autoimpuesto, pero más hierven los pulmones al respirar la vida embadurnada de fracaso. Son las rocas erosionadas queriendo sangrar para deshinchar su estoica figura, las que cubren el desengaño. Hogueras de deseos calcinados para poder abrazar al humo por un instante. Si una noche duele, siempre quedará no abrir los ojos. Apagarse es despertar cuando no hay tiempo para sueños.