4 ene. 2015

Días claros.

No hay edad sino verdades. De las verdades ciertas, las hay que no lo son tanto. Qué no tan cierta es la mentira, se mide fácilmente por la altura de los labios que pronuncian el recuerdo. El cansancio de la vejez, la seguridad de los pasos hacia la penumbra.

Echo de menos los días claros, vacíos de cargos, con sutileza en la belleza y anticuados. Como un sofá que graba en su deterioro las arrugas del tiempo, de nuestros rostros. Los días en los que las miradas eran bocetos de un mapa, dibujados por un niño.

Pero entre líneas, casi sin querer mirar, encuentras un par de huellas que te traen de vuelta.

Estás.

En esas tardes de asfalto agrietado, por las que un río fluye, lejos de llegar al mar.