4 oct. 2013

De lo ensordecedor de su interior.

 Que tiembles. Que tiembles, cruz. Aún a paso descompasado, la tortura y la ambición esposan sus diferencias, que viéndose así, caen en la cuenta del olvido y el resonar de su andar. El eco, siempre abalanzándose sobre los silencios.

Tienes en tus ojos cerrados aquellas pupilas que han desmembrado tantas lunas sin haber tocado el cielo apenas. Tienes en tus noches despedazadas el intento de saborear ligeramente el reflejo de las estrellas en tu hermética mirada.

Te apagues, luz, porque no traes la respuesta. Te pierdas, respuesta, porque no influyes sobre las incógnitas. Ni luz ni respuestas, no a estas alturas del castigo de la Vía Apia, lugar donde se gesta la sublevación de la nueva memoria.

Sin esclavitud de la razón, pues para qué esta vez, si necesita la voz a la imaginación más que nunca, tornándose ésta en palabras sin cuerpo, hechas de alma palpable, esculpida a ciegas.

El eco, mutilado, transformado en palabras que trazan nuevos caminos sobre los párpados de la incrédula ilusión, y su creencia en la esperanza.