31 mar. 2013

Timón.

La torre del reloj se derrumba a cada resonar de las agujas. De su fragilidad nació la pérdida de la cordura.

Y de sus cambiantes ángulos la marea tomó su brújula. 

28 mar. 2013

Las escamas de Ixión.

Hay cristales que cortan por el silbido de un silencio, que danza tras el reflejo de un estruendo pasajero.

Pero el corte, crea llaga hasta lo más profundo de su existencia, e Ixión lame las heridas que entre las escamas segregan la maldición.

El dolor es tal que una vida se transforma en sombras y sin su luz no hay posible resurrección.

Sin embargo, el diamante no ha cedido una pizca de su dureza, más su brillo podría cegar al astro rey. Cortes no hay, que puedan mellarlo. Es así, valga la desgracia, cómo queriendo abrillantar su figura, se oscureció por un instante su inmensidad.

No hay vida sin amarte, Gema, no hay mundo sin ti, como no existe luz sin tu mirada. Es todo tan valioso cuando se vive junto a ti, que el tiempo no entiende de caminos sin tus pasos.

De errores que aquellos que no somos ángeles cometemos, las alas brotan tanto como el ansia de volar y permanecer en el cielo, por encima de las nubes y tormentas, hasta el fin de los tiempos.

Ixión retira las escamas una a una, a mordiscos que se debaten entre la desesperanza y la realidad, aliviando la inconstancia de la niebla.

Y lo hace porque quiere retornar sin heridas, junto a ella, en honor a la promesa de amor que lleva impregnada en el corazón, trozo a trozo de su ser.


16 mar. 2013

Avidez.

Se cercenan las raíces del vínculo con la melancolía, cuando la luna inalcanzable acerca sus encantos y apaga las brasas del tormento; y la lluvia, tras el cristal, embadurna la lejanía.

Es entonces cuando todas las páginas ennegrecidas con el paso del tiempo, recobran su verdadera dimensión. Páginas aquellas que regalan el índice del porvenir a la desdicha.

Tiento la figura del futuro y todo tiempo pasado, y decaigo en sus brazos sin más remedio del que presenta el hielo deshaciéndose ante el fuego.

Es la hiena de la soledad, la que embiste tras el caparazón de la sangre más viva de su interior.