27 jul. 2012

La escalera y la red.

A tormento el cauce lleva, perdiéndose por barlovento la diligencia, entre la niebla.

Barcos de piel agrietada, de aquella usada entre sábanas con sabor a calabozo. De exposición, la piel, aún entrecortada, y ensalzando la pérdida de virtud alguna. 

Por la niebla y en la sombra, dejando trozos de labios y cintura, tragando el acontecer del cauce.

Noche tras noche, sucediendo a cada día; no es tanto ver el rostro como el prescindir de la ausencia. Atardecer tras atardecer, esquiva el volver a perder su guía. Noches tras atardeceres, de antes más que ahora.

Que de tanto volver en sí, perdió las alas y sonrisas diseñadas para olvidar.

Y recuenta, uno a uno, los escalones que faltan.

La red tenga piedad.

20 jul. 2012

De sí.

La espina,
el sacramento.
Un trozo
de piel fría.
Ciega
de maldición.
Inestable, 
de corazón.
Angustiada,
cada cabello.

Destinado cada erizamiento
aterciopelado de su pestaña
irascible como el bipolar.

De sus entrañas, arraigado
a golpe de claudicar
insumisión a su pecado.

A veces,
sangra por la raíz.
Incluso muere,
vive y huye.
Cuando puede huir,
junto con su piel.
Una fría escarcha
arropa aquél.
Lidiando por
y para su vivir.

De no conocer sus finales,
aprendí a saborear el fuego
inherente a sus principios.

Delirantes desde sus pupilas
a sus silencios, agrietados,
irascibles como el bipolar.

De sus entrañas,
de su raíz,
de sus pestañas,
de su vivir.